Escrito por: Mariana Vivas Verna

¬ ¿Recuerdas lo que pasó? – preguntó Christine.

¬ No voy a olvidar esa noche… Sucedió hace unos meses, después de que te rescaté del hospital. – dijo Erik melancólico.

¬ Dime, por favor.

Erik miró una vez mas a la ventana de la sala de estar, viendo cómo se movía misteriosamente la cortina blanca transparente, todas las ventanas estaban cerradas para que no entrara la nieve y la fría brisa de invierno. Al ver este inusual movimiento de la cortina, Erik suspiró profundamente, reprimiendo las lágrimas que habían empezado a brotar de sus ojos, tratando de encontrar el valor y las palabras para poder contar lo sucedido. Inmediatamente, dirigió su mirada hacia Christine, que lo miraba con preocupación, ella no tenía idea de porqué el estaba tan asustado y ansioso estos últimos meses, solo pudo sospechar que algo le ocultaba, algo que era mejor que no supiera, pero él mismo no aguantó estar mintiéndole todos los días a su amada, tenía que contarle… nunca había encontrado el momento indicado, hasta ahora.

¬ Bien. Verás…

“Después de que dejaste el salón de música al terminar de practicar conmigo, me quede arreglando algunas partituras, dándole los últimos detalles a la nueva sinfonía. Al terminar, me levanté del escritorio para ir a dormir, pero una brisa repentina apagó las únicas velas que seguían prendidas en la habitación. Esta se quedó en un silencio sepulcral donde abundaba una oscuridad que era disipada por la luz de luna llena que entraba por las ventanas cerradas. La temperatura de la habitación empezó a bajar, como si alguien hubiera abierto las ventanas, pero era imposible… Estaba solo. Miré a mi alrededor, buscando que fue lo que había causado aquel cambio de temperatura tan drástico y violento.

Detrás de la cortina blanca transparente de una de las ventanas, vi aparecer a una mujer, volteada, mirando hacia la densa oscuridad de la noche a través de la ventana. Tenía el cabello rizado como tú, colgando por su espalda. Usaba una bata blanca parecida a la tuya… No sabía si eras tú, o si era solo un truco o ilusión de mi mente causado por el extremo cansancio.

¬ ¿Christine? – pregunté. A ver obtenía alguna respuesta.

La mujer volteó su cabeza y me miró de reojo lentamente, regresando su atención a la ventana una vez más. Empecé a verla de nuevo de cabeza a pies, notando el ligero parecido a ti, en ciertos rasgos… hasta que noté que esta mujer no tenía pies, estaba flotando.

¬ Parece que me has olvidado, Erik. – dijo ella.

Había olvidado esa dulce voz, melodiosa como la de un ruiseñor. Puede decirse que no había oído esa voz en muchos años. Me dio escalofríos al pensar cómo me había encontrado, ¿qué la traía a Francia…? o aún peor, ¿cómo y porqué estaba muerta?

¬ Mary Ann… – dije con voz entrecortada.

Todos mis recuerdos con ella empezaron a regresar a mi mente… fue una amiga mía, una muy buena amiga y estudiante. Con el tiempo nos fuimos haciendo mas que amigos y hubo una relación más allá de lo que había entre alumna y maestro. Fuimos una clase de pareja por un corto tiempo… hasta que hui.

¬ Finalmente te dignas a pronunciar mi nombre después de tantos años. – dijo esta mujer con indiferencia, dirigiéndose hacía el piano blanco que estaba al fondo de salón. – Parece que… tu nuevo, Ángel de música, te ha hechizado, volviéndote loco de amor y deseo por ella.

No sabía qué decir, o qué hacer. No sabía si venía a hacerme daño a mi o a ti, me asustaba solo la idea de no poder ayudarte o de que no puedas ayudarme a mí, en caso de que eso viniera a hacer… Como sabrás, no soy muy católico después de todo, así que no sabría como verdaderamente sacar a un fantasma o espíritu de la casa.

¬ Yo… yo no creí que estarías… muerta. –proseguí con dificultad. Se me hizo un nudo en la garganta que me impedía hablar, tuve que tragar fuerte para poder deshacerlo. Contuve las lagrimas lo mas que pude, pero me era inevitable pensar que o quien fue el responsable de su muerte –. ¿Cómo sucedió esto? ¿Cuándo pasó?

¬ Bueno… digamos que… perdí toda razón para seguir viviendo en un mundo donde nadie te ama o te valora. – dijo ella pasando sus largos y delgados dedos por las teclas del piano sin emitir sonido alguno.

Al no ser parte del plano en que vivimos, ella ya no es materia, sino energía. En otras palabras, ella no puede tocar absolutamente nada de lo que hay en nuestra dimensión … Suena loco, pero ya hay varias pruebas de eso, solo que nadie las publica por miedo a lo que pueda pasar en el futuro.

Se veía molesta y triste al mismo tiempo, seguramente por lo que pasó hace años esa noche en Londres… La noche en que escape de La policía y ese detective… ellos sabían que yo había matado al primer ministro, por el amor que Dios da a todos sus hijos esparcidos por la tierra, ¡No tenía intenciones de matarlo! Es la única vez en la que podrá decir que mate a alguien por error y no por placer. Fue solo un accidente… Un accidente que me condenó a vivir arrepentido toda mi vida, por no haber ni siquiera hecho el intento de salvarle su vida.

¬ ¿Qué? ¿A qué te refieres? – pregunté confundido con las palabras que dijo. Tenía un mal presentimiento, algo malo debía de haberle pasado para contestar de esa manera tan atípica.

Aun seguía sin creer que lo que tenía frente a mis ojos, era un fantasma, pálido y transparentoso. Traté de acercarme para verla mejor, y así contemplar ese delicado rostro de nuevo sabiendo que solo vería el reflejo de lo que ella fue en vida.

¬ Ah, ¿Así que no has escuchado las noticias? – dijo ella clavando su mirada fijamente en mí, acercándose lentamente.

Una fría brisa me hizo temblar cuando Mary Ann yacía parada frente a mí. El Ambiente se volvió pesado y más oscuro, la única luz que ahora mantenía iluminada la habitación, era Mary Ann. La temperatura volvió a cambiar, haciéndose aún mas fría, dando a entender que esa frialdad que recorría el salón, representaba los sentimientos de Mary Ann. Analizando su rostro, noté cierta melancolía mezclada con nostalgia, sus ojos color chocolate oscuro, ahora eran grises, llenos de toda la tristeza que habita en la tierra. La chispa de felicidad, entusiasmo, y pasión que tenía cuando la conocí, ha desaparecido de ella, ahora, solo es un alma solitaria que llora penurias y desgracias.

¬ ¿Acaso no te enteraste… de la mujer que saltó del Puente de las Artes? – continuó ella susurrándome esto al oído. Luego de decir esto, sentí como su espectro atravesó mi cuerpo, dejando un vacío que me hizo perder el equilibrio.

En efecto, ese vacío que sentí, fue mi corazón rompiéndose en pedazos de nuevo. Las lagrimas que reprimí desde un principio, empezaron a brotar nuevamente, cayendo una a una, en el piso de mármol blanco.

¬ No… no te atreverías… – negué yo temblando de miedo. No quería aceptar que ella había cometido tal acto de desesperanza. ¿Por qué lo hizo? ¿Cuáles fueron sus motivos para acabar su vida de una manera tan atroz? –. Mary Ann… ¿Por qué?

Cuando logré levantarme y recuperar mi estabilidad, me volteé a ver a Mary Ann que se encontraba parada frente al escritorio, observando las partituras que estaba arreglando anteriormente.

¬ ¿Con que esto es lo que has estado componiendo? – Preguntó ella con cierta arrogancia en su voz, acercando la mirada a las partituras para ver con mas claridad de lo que se trataban las piezas –. ¿Otra Opera? Supongo que esto va a ser debutada por tu pequeña… Christine.

¬ Mary Ann, contéstame la pregunta. ¿Por qué te suicidaste?

Esta suspiró con desgano quitando la mirada de las partituras, volviéndose para poder verme a la cara y decirme la verdad.

¬ ¿Recuerdas el día en que nos besamos después de mi concierto? – dijo ella con una pequeña sonrisa, cambiando el tono de tristeza que tenía a uno de nostalgia.

¬ ¿Y eso que te tiene que ver? Ese día no es excusa para que tiraras tu vida a la basura, Lovebird.

Lovebird fue el sobre nombre que le puse después de varios meses juntos como amigos, me parecía lindo, y, además, le quedaba bien, ya que a veces era un poco parlanchina, y no había manera de callarla; y por supuesto, se lo puse también por como cantaba… Un canto que solo era escuchado por los Dioses en las alturas. Era diferente a la forma de cantar que tienes tú. Tú eres un Ángel caído del cielo.

¬ Pues tu “Lovebird”, tu linda, adorada y Primer ángel de Música, se enamoró de ti, y tú, como tonto, la traicionaste. – dijo con amargura, refiriéndose a ella misma en tercera persona.

¬ ¿Traicionarte? Mary sabes que soy incapaz de traicionar a alguien a quien amé… – dije con preocupación, acercándome para poder confortarla, pero ella retrocedió abruptamente.

¬ ¿Realmente me amabas? No lo creo… – dijo ella con cierta apatía en su voz – Si realmente me amabas, al menos te hubieras despedido, o habrías dejado una carta… pero no, decidiste irte como si no hubiera un ayer o una historia entre nosotros, sin decir ni una palabra… Ni si quiera un beso…

¬ ¡No tenía Opción! Si me quedaba por mas tiempo, la policía me hubiera encontrado.

¬ No tenías opción… – dijo ella entre dientes, en tono burlón a lo que le respondí –. ¡Pudiste quedarte conmigo y con mi hermana!

¡Pudimos haber escapado juntos! Hacer una vida nueva… aquí, conmigo… ¡O tal vez en otro país!

¬ Mary, si La policía me veía contigo, yo iría directamente a la horca, y tú… ¿Quién sabe que habría sido de ti? ¡Escapé sin decirte adiós, porque estaba intentando protegerte!

¬ ¿Protegiéndome dices? ¡Mírame! – Dijo ella con enfado. Vi como salían de sus ojos unas lágrimas de rabia, dándome a entender lo mal que se sentía por lo que hice –. ¡Mi locura me conllevó a hacer esto! Gracias a ti, me volví loca, ya no recibía visitas por el miedo que tenía mi hermana de que verán que vivía con una loca, ella me odiaba. Lentamente fui cayendo en un oscuro mundo de tristeza y soledad, mi mundo se puso de cabeza… Pero cuando leí las noticias, vi que tú, eras el renombrado “Fantasma de la Ópera”, que le dio clases a esta corista… Christine, enamorándote locamente por ella… Fue lo que hizo que mi locura se apoderara completamente de mí, la última gota de cordura que me quedaba, se había ido, para siempre. ¿Y sabes qué? Ahora todos recuerdan a Christine Daaé, la dulce e inocente

Christine… Pero nadie recuerda a Mary Ann Lovegood, “La Real Soprano del Siglo”

¬ Y por tu falta de Fe y esperanza, mi esposa… perdón, Christine,

¡Está aún con síntomas de locura! No puede dejar la casa o salir a las calles de París, gracias a esta agradable noticia tuya. – respondí alzando mi voz que ya estaba entrecortada por el llanto que mantuve en silencio mientras Mary Ann hablaba.

Mi paciencia empezaba a agotarse, aun no sabía para que había venido, si solo vino para hacerme sentir así, o para algo que te involucrara…

¬ Podrías estar feliz viva ahora mismo, casada y con hijos… – continué

¬ Nunca podría ser feliz… Sabiendo que tu estarías con otra chica.

¬ Mary, deja de decir que te abandoné por culpa de-

¬ ¡Yo te amaba, Erik! – dijo entre lágrimas y sollozos –. Yo te amaba y confiaba en ti más que en cualquier otro en La academia… Pero me dejaste.

¬ Mary, escucha, nunca tuve la intención de herirte, pero creí que me olvidarías y te casarías con alguien más, alguien que no tuviera esto – dije señalándole mi máscara blanca –. Te mereces algo mejor que esto.

¬ Erik, sabes bien que no soy la cantante favorita de todos… y ahora con el triunfo de tu nueva estudiante, ya no soy la favorita o “La Soprano del Siglo” – dijo ella sollozando todavía –. Pero ahora estoy muerta, y creo que la vida de mis amigos y de mi familia es aún más fácil al no estar entre ellos.

¬ ¿Y que hay de tu hermana? – pregunté por curiosidad. Llevaba años sin saber de Elizabeth, y tener contacto con Mary Ann, que estaba muerta, en vez de ella, me daba la sensación que algo malo debió de pasar para que Elizabeth ni siquiera se haya tomado la molestia de buscarme –- Debe estar preocupada, o incluso deprimida.

¬ ¡¡ELLA ME METIÓ EN UN PSIQUIATRCO!! – Gritó ella, descargando toda su ira y dolor en esas simples frases –. ¡ELLA ME ODIA, ERIK!

¬ ¡No importa si te odia o no! Eras la única familia que le quedaba, su única amiga… – dije con tono severo. Me molestaba ver que Mary Ann piensa que las cosas están mejor sin ella, tampoco sabía si lo de su hermana era verdad, si verdaderamente la odiaba, o s la metió en un psiquiátrico… pero de algo estaba seguro, la muerte de Mary Ann empeoró la vida que tengo contigo, pero lo que ella no entendió, fue que quitarse la vida no es una opción –. No debiste hacerle esto a tu hermana.

¬ Ella está mejor sin mí. Era una molestia para ella – dijo ella, con indiferencia, había logrado parar de llorar. Mary Ann nuevamente se encontraba frente a mí, a menos de un metro de distancia, esta, soltó un suspiro de alivio que me incomodó al ver como empezaba lentamente a sonreír. Al observar su rostro con detalles, pude contemplar esa belleza por la cual me había enamorado cuando estaba viva, pero ahora esa belleza se convirtió en una belleza mortuoria, una que solo llevan los muertos en el día de su funeral –. Pero ahora… que, al fin te encontré, podemos volver a empezar.

¬ ¿Qué?

Estaba aun mas confundido que antes, no sabía si ella venía para advertirme de algo, si venía para hacerme arrepentir de lo que le hice o si vino para pedir disculpas… pero no, al final entendí por lo que verdaderamente vino… Todo comenzó a tener sentido cuando la vi sacar de su vestido esa daga de plata que extendió con sus manos hacia mí. Aquí me di cuenta de que ciertos materiales pueden ser agarrados por espectros, siempre y cuando estén hechizados o tengan alguna maldición.

¬ Se que es difícil para ti dejar toda esta vida atrás, pero podemos hacer que funcione. Todo puede ser perfecto, hare lo que quieras, tal y como era antes. –. Dijo Mary Ann apaciguada, como si no hubiera llorado en todo este tiempo. Lentamente puso la daga en mi mano que tenía a medio cerrar –. Ven conmigo, estaremos juntos para siempre, nadie te volverá a acusar de cometer asesinato o te volverá a llamar monstruo o fenómeno. Nadie volverá a reírse de ti por tu deformación, nunca jamás.

Me entregó la daga creyendo que escogería morir por ella, dejando todo atrás, los crímenes que cometí en el pasado, mis sufrimientos… Pero aun mas importante, te estaría dejando a ti, sola. Amé a Mary Ann mucho mas de lo que crees, ella me enseñó que es el amor, me abrió los ojos y me mostró que no todo el mundo era cruel y ruin como yo creía… Pero ahora ella está loca por mí, obsesionada, tanto así que su locura la hizo actuar de esa manera frente a la vida. En cierta forma, me siento culpable, no debí dejarla de esa manera, sin decir adiós, o sin al menos un beso… No podía ir con ella, con todo y que mi mayor temor se acabara, te dejaría sola, y mi corazón… no estaría completo si no estás conmigo.

¬ Mary Ann, perdóname s te hice daño en el pasado, pero no voy a dejar la vida por la cual luché sin cansancio para obtener, solo porque tú decidiste marcharte – respondí.

¬ ¿Entonces no me amas? – preguntó impaciente.

¬ Te amo, Mary Ann, pero… mi corazón le pertenece a alguien más.

¬ Es Christine, ¿Cierto? La amas más que a mí, ¿Verdad? – dijo Mary Ann, empezando a molestarse en serio. Su cara era un poema, parecía que tenía algún plan para hacerte daño, o para separarte de mí, pero yo ya conocía esa mirada amenazadora.

¬ Si le llegas a tocar o a hacerle daño, te lo juro, cuando muera, mi alma no descansará hasta encontrarte y vengarse por lo que hiciste – dije con furia, apretando ambos puños de mis manos, sujetando en la derecha, la daga de plata.

¬ A ella no le tocare ni un cabello, no le haré daño, ella no tiene que pagar por los pecados que has cometido tú. – contesto dando vueltas en su propio eje hasta que detuvo nuevamente frente a mi –. Pero quiero dejar algo en claro… Voy a seguirte, amenazarte y presionarte, poniendo todo y a todos en tu contra… tus amigos, familia, e incluso tu preciada y adorada Christine.

Perdí el control de mis nervios, ya no podía confiar en las palabras de Mary Ann, así que dije lo primero que se me vino a la mente

¬ ¡Haz lo que quieras! Échame la culpa y el dolor que tuviste que soportar todos estos años sola. – dije desesperado, aun con la ira reflejada en mis ojos –. Pero no toques a Christine, ¡Haré lo que sea para mantenerla a salvo de ti y tus engaños!

¬ ¿Lo que sea, dijiste? – preguntó Mary Ann volteándose hacia mí, con una sonrisa maliciosa, después de haber estado observando el cuadro de Christine que estaba colgado encima del piano de pared.

Ya había perdido la paciencia, ya el error estaba hecho. Quería protegerte a toda costa de lo que ella pudiera hacerte, aun si tuviera que pagar el precio.

¬ Lo que sea, Mary Ann. – dije poniéndome de rodillas, para suplicarle piedad.

¬ Bien. – dijo ella con una sonrisa aterradora en su rostro. Regresó a la mesa donde estaban las partituras para darles una ojeada más –. Debo admitir, Erik, esta nueva Ópera tuya es la mejor que he leído… me gustaría verla en el escenario algún día… Y por supuesto, Christine cantará esto para ti.

¬ Ve al grano. – dije impaciente y asustado por lo que me mandara a hacer.

¬ Miraré la presentación desde lejos. – dijo ella –. Todo será perfecto en la noche de apertura, no habrá error de ningún tipo… Pero… cuando Christine canté el Aria final de la Opera, concluyendo la velada, tú la matarás con esa daga que te di.

Le dije que no te involucrara, pero parece que este asunto de la antigua relación que tuve con ella, se ha vuelto un tormento para ella como también el hecho de que ya no la ame más.

¬ ¿Me estas maldiciendo? Solo porque te dejé, ¿Me harás sentir lo mismo que tú? – dije molesto.

¬ ¡Es mi forma de vengarme por lo que hiciste a mí! Mostrándote que es lo que se siente estar solo y loco de remate, ¡Así entenderás lo que sufrí!

¬ Mary Ann, ¡He estado solo toda mi vida! La policía sigue afuera, buscándome por haber causado el incendio en la Ópera, por haber secuestrado a Christine y ahora por haberla rescatado de ese infame hospital.

¬ Pudiste haber estado solo, ser perseguido y estar con el corazón roto, pero a ti, no te tomaron por loco, ni sufriste por alguien que te olvidaría apenas saliera del país. Quiero verte sufrir por lo que me hiciste hacer.

Luego de esas palabras pude ver como la locura le recorría el cuerpo, haciéndola hacer extraños gestos, sonreír en exceso, reírse de la nada… Su locura había transformado a Mary Ann de una corista de la Real Academia de Música de Londres, a una Esquizofrénica obsesionada por un hombre el cual ya no la ama en verdad.

¬ ¡No la mataré! El problema es entre tu y yo, ¡Christine no tiene nada que ver en esto!

¬ Pero si es una pieza importante en el rompecabezas, verás, ella es la mujer por la que me cambiaste, así que en cierta forma ella es la antagonista de la historia. – dijo Mary Ann, una vez mas con esa aterradora sonrisa.

Después de verla actuar así, me di cuenta de que ese Ángel que conocí en Londres, verdaderamente era un Ángel del Infierno.

¬ ¡No voy a hacer esto! ¿Me oíste? ¡No mataré al amor de mi vida! – grité con cansancio. Ya no tenía fuerzas para seguir tal discusión, parecía que con cada verso que decía Mary Ann, una parte de mi energía era arrebatada. La cabeza ya me daba vueltas, estaba nervioso por firmar un pacto con la misma muerte, representada en la forma de mi antiguo amor.

¬ Ay, Erik – dijo Mary Ann piadosamente, arrodillándose frente a mí, haciéndome levantar inconscientemente la cabeza al ella tocar mi mentón. Luego volvió a mostrar esa malévola sonrisa suya –. No podrás negarte, o rehusarte, te será imposible decir “No” una vez el pacto se cierre.

¬ ¿Y si me niego? – dije de manera tosca. – ¿y si no hago lo que me ordenas?

¬ Si no haces lo que te digo, hare de tu vida con Christine una pesadilla cada día cada noche, hasta que uno de ustedes termine acabando su propia vida.

Era imposible que me negara ante esas opciones. No quería verte sufrir, ni bajo mi ira ni la de Mary Ann. Ya fue suficiente lo que tuviste que vivir en ese hospital. Estaba en un punto sin retorno, tenía que elegir. Si te mataba, nunca podría perdonarme por hacerlo, pero si ella arruina todo lo que he construido para llegar a este punto de la vida contigo, haciendo de nuestras vidas una pesadilla eterna que nos conducirá a la misma muerte; podría ser peor que vivir arrepentido.

Decidí hacer algo que hoy en día me arrepiento de haberlo hecho, era la única forma de evitar tu muerte. Puse una tercera opción en la mesa, la cual Mary Ann tomaría en cuenta.

Ahora tendré que pagar el precio por haber hecho un trato con el diablo.

¬ Llévame a mí. – insistí yo

¬ ¿Qué dices?

¬ Si intento escapar o negarme a matar a Christine esa noche, me quitare la vida a cambio de la suya. – sugerí con un tono seco. Se que esto cambia todo, estaba arriesgando mi vida para salvar la tuya, pero este corazón ha vivido lo suficiente para saber las locuras que a veces cometemos por amor –. Estaré contigo, tal como lo soñaste, juntos para siempre.

Mary Ann puso su mano sobre la mascara que cubría el lado derecho de mi cara, mirándome fijamente a los ojos, nuevamente con esa piadosa mirada que puso antes.

¬ ¿Estas seguro de lo que estas haciendo? Sabes muy bien que no volverás a ver a Christine, nunca más.

¬ Si, se lo que hago. Será lo mejor para ambos.

Me levanté y vi como Mary Ann se reía sin control. estaba ansiosa por el trato. Ella sabía que ganaría el juego de todas formas, tenía todas las cartas a su favor.

¬ Bueno, sellemos el trato de una vez, mi querido, Erik – dijo ella con su malvada sonrisa en su pálido rostro al extender su mano para hacer el trato.

¬ Espero que lo que dices, sea verdad, Mary Ann. – respondí yo al entregarle mi mano.

A penas intenté agarrar su mano, pude sentirla, como si ella estuviera viva, siendo materia nuevamente. Hubo una clase de conexión entre los dos que hizo que esto sucediera. Seguido de esto un intenso brillo empezó a emerger de la figura fantasmagórica de Mary Ann, absorbiendo el resto de energía que tenía como para seguir de pie. Al este brillo decrecer, sentí como la temperatura había pasado de ser fría a ser gélida, pudiéndola comparar con la temperatura del clima de esa noche afuera de la casa. El exceso de frio y falta de energía para seguir erguido, me hizo caer arrodillado al piso temblando.

Mary Ann se agachó de nuevo y se rió en silencio al verme tan vulnerable.

¬ Te deseo la mejor de las suertes intentando rehusarte a mis encantos cuando el día llegue. – dijo Mary Ann con malicia. – Ya estoy ansiosa por verte de nuevo, mi amor.

Antes de irse, se acercó a mí y me dio un beso en los labios, uno que me robó el aliento, como si una parte de mi alma hubiera sido robada a través de ese beso. Luego de ese extraño sentimiento de vacío, Mary Ann había desaparecido de la habitación, la temperatura volvió a la normalidad, como si todo había sido una pesadilla. Estaba solo en la habitación, pero luego de mirar mi mano, me di cuenta de que no fue ninguna ilusión el encuentro y el trato con una fantasma. Tenía la daga de Plata que me había entregado ella, el arma que decidiría quien de los dos morirá esa noche, era la Daga del Destino.

Cuando subí a nuestro cuarto, te vi como dormías tan plácidamente, sin ningún sufrimiento o dolor, sin preocupaciones… Al verte ahí acostada al lado mío, el corazón se me partió en mil pedazos, la tristeza y la ira, mezclados en un mismo sentimiento, lograron ponerme a llorar una vez más al recordar el trato que había hecho con Mary Ann”

¬ Los meses pasaron, y mi dolor y preocupación empezaron a volverse más frecuentes. – dijo Erik, cerrando la historia de esa noche. El té que estaba bebiendo lo había calmado mientras contaba la historia, pero no podía deshacer o borrar el pensamiento recurrente de matar al amor de su vida en la noche de apertura – Esa es la razón por la que he estado tan distante y decaído, no quería preocuparte con esto, pero sentía que ya era hora de contarte lo que me sucederá esa noche.

¬ Erik… Escúchame, no voy a dejar que lo hagas. – dijo Christine posando su mano derecha en el lado descubierto del rostro de Erik, forzándolo a mirarla a los ojos –. Encontraremos una manera de detener esto, o de tratar de romper la maldición. Hallaremos la manera, lo prometo.

¬ Es una maldición, Christine… no hay manera de romper un trato con un ángel o con el diablo. – dijo él entre rompiendo en llanto nuevamente, posando su mano derecha encima de la de Christine – elija lo que elija, de todos modos, ella ganará. Si escojo vivir, te tendré que matar, pero si me niego, yo moriré…

¬ Erik, por favor, cálmate, no vas a morir ni a matarme a mí.

¬ Esto me asusta, Chris. – dijo Erik sollozando dejando la taza de té en la mesa, para abrazar a Christine, enterrando su cara en el pecho de ella, buscando cierto confort y seguridad.

¬ Lo se… lo sé… – dijo Christine, abrazándolo con fuerza, tratando de calmarlo con su arrullo –. Ahora silencio, encontraremos una forma de romper la maldición… Encontraremos una manera.

Christine y Erik se quedaron abrazados, confortándose uno al otro, tratando de calmar esos pensamientos de ansiedad, tristeza y muerte, pero era imposible sacarlos de la cabeza, no había forma de borrarlos. Ambos sabían que cuando el día llegara se tendría que tomar una decisión, la cual… decidirá el destino de ambos, para bien o para mal.

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