Por  Maria Dolores Ara

Desde hace bastante tiempo la lectura ha perdido significado como valor cultural.

Lejos quedan los días en que ser culto suponía un valor social, personal y hasta moral. La base para tener ese valor venía en los libros: en el bagaje de conocimientos, posturas y visiones del mundo que se adquiría gracias a ellos.

 

Hoy nos aqueja un mal que conocemos como “analfabetismo funcional”: se lee operativamente, pero no se comprende lo que se lee, no se sabe argumentar sobre ello, no se generan ideas sobre otras ideas, no se identifica la idea principal de un escrito, no se conoce el significado de las palabras que lo componen, no se establecen asociaciones con otras ideas, no se sabe resumir lo que se lee, no se distingue ente una opinión y un análisis.

Leer ya no es un valor. Estamos en la era de la imagen. Pero, paradójicamente, se estudia leyendo, se aprende leyendo, nos informamos leyendo… y no hay ninguna posibilidad de tener éxito en la vida (profesional o emocional: ¿alguien se ha consolado de alguna pena de amor resolviendo una fórmula?) si no se domina la lectura como vía de acceso al saber.

Hay que recuperar el sentido de la lectura como parte del sentido del mundo que ella resume y muestra.

El lector comprende un texto cuando es capaz de extraer el significado que el mismo texto le ofrece. Esto implica reconocer que el sentido del texto, su misterio, está en las palabras que lo componen, en la forma de organizarlas y que el rol del lector consiste en descubrirlo.

Toda lectura es de algún modo “revelación”. Revelación del mundo, de la naturaleza humana, de lo que somos y queremos ser. La lectura profunda nos brinda la oportunidad de conocer el sentido de la vida, ése que buscamos incesantemente y se nos escapa. Si no hay búsqueda, desde luego, no hay sentido. La lectura también nos construye: fabricamos nuestra propia estructura interior a partir de lo que leemos. ¿En qué creo? , ¿Qué defiendo?, ¿Quién soy? Preguntas complejas que cuesta hacerse y que un libro bien leído contribuye a contestar de manera más clara que cuando nos miramos para adentro asustados y perplejos.

La lectura forma valores, ideas y conceptos sobre la realidad. Es una vía para palparla, para vivirla, para expresarla y experimentarla. En el devenir cotidiano tenemos contacto apenas con una realidad fragmentada, hecha de trozos aislados de experiencia que nos dejan el sabor de lo incompleto, de lo carente o de lo confuso. La lectura sabia nos deja armar el rompecabezas de la vida de una manera más plena. Ella admite infinitos puntos de vista que contrastan o armonizan con el nuestro, que lo amplían, lo cuestionan o lo modifican. La lectura siempre va a más: nunca reduce o simplifica nuestra visión del mundo.

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Ya se trate de un ensayo, un artículo, una novela o cuento, un poema lo que encontraremos allí nos mostrará un universo de posibilidades para conocernos a nosotros mismos, para conocer mejor a los otros y al mundo que nos rodea.

¿Se puede pedir más?

Fuente: Edición N° 4 Aldea Educativa Magazine

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