Por Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com
Uno de los primeros educadores de occidente venezolano será este extraordinario sacerdote y bachiller que abre en Arenales, hogar de la familia Torres Arriechi, una escuela de latinidad, un verdadero portento de la cultura y del saber que ha ignorado el arrogante centralismo cultural venezolano. El río Tocuyo comenzó desde entonces a declinar frases y verbos en el idioma del Lacio, cuando esta matricial lengua asistía al ocaso de su universalidad. Es que Hispanoamérica no coincide en su hora plenamente con la hora de Europa. En esta antiquísima lengua mediterránea conocerán los hermanos Torres Arriechi el Éxodo bíblico y la liberación del yugo faraónico del pueblo elegido por Jehová Dios, lo cual podría interpretarse como antecedente remotísimo de la Teología de la Liberación Latinoamericana del siglo XX. Desde el púlpito de la iglesia por él edificada en el pequeño poblado ribereño condenaba acremente el cura y bachiller caroreño por anticristiana la odiosa esclavitud que justificaba desde antiguo el filósofo Aristóteles.
Las ideas ilustradas que luchaban ardorosamente contra el fanatismo y la superstición resuenan con entusiasmo al final del dieciochesco siglo colonial en esta perdida aldea del semiárido, que conoce por boca del presbítero bachiller Espinoza de Los Monteros en la Escuela de Primeras Letras y Catedra de Latín la noticia de que las Trece Colonias americanas habían decidido sacudirse del coloniaje de la “Pérfida Albión”, que la cabeza del rey de Francia había rodado en la guillotina, y que los Jacobinos Negros se habían atrevido a crear, para asombro planetario, una Republica en una pequeña isla frente a las costas venezolanas, material literario que tomará en el siglo venidero el inmenso escritor Alejo Carpentier.
Las ideas de este sacerdote caroreño constituirán a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, un fresco histórico anticolonial, antiesclavista, antimonárquico, una auténtica Contracultura, así la llamaría nuestro genial y malogrado filósofo venezolano Ludovico Silva. Hizo el presbítero bachiller Félix Espinoza de Los Monteros en pequeño y de forma oral para una pequeña y remota localidad, Los Arenales, lo que en esos mismos años realiza el guariqueño Juan German Roscio (1763-1821), un desagravio a la religión ofendida por la tiranía. Dios se hizo patriota. Al calor de las lecciones de Latín y las proclamas revolucionarias del sacerdote caroreño se formaron para la libertad el fraile Ildefonso Aguinagalde, el de la maldición famosa, Julián Montesdeoca, Estanislao Castañeda, Fernando Perera y los magníficos Siete Hermanos Torres. Una pléyade de héroes formados bajo la amable protección de frondosos cujíes, yabos y curaríes.