Luis Eduardo Cortés Riera. cronistadecarora@gmail.com

Cuando en 1977 empecé a laborar muy emocionado la docencia en el Liceo Egidio Montesinos de Carora, me encontré con un personaje singular, el profesor Fausto Pérez, un tocuyano a quien los chamos habían bautizado con el remoquete de Zanahoria por lo del subido color de piel. Era un albino delgado y bajito, de unos 50 años entonces y que libraba una guerra permanente con los futuros bachilleres. Ese enfrentamiento fue tan permanente que el director del instituto, profesor Gilberto Agüero, debió hacer todas las artimañas legales para dejarlo sin horas docentes, es decir que le quitó el contacto directo con los muchachos.

A pesar de ser egresado del Pedagógico de Caracas en la mención biología, era un hombre de sólida formación humanística, un adelantado de la teoría de la complejidad. En las conversaciones que tuvimos en los días de huelga magisterial -que eran muchos- me di cuenta de que era un marxista y que procedía del estado Barinas, donde los adecos le hicieron la vida imposible. Logra cambio para Carora con ciertas reservas, pues es una ciudad de godos aristócratas, decía él. Llega a la ciudad a mediodía un 12 de septiembre de 1969 y consigue que no hay acá ninguna alma. A las horas comienza a ver gente por las calles y pregunta por aquella desolación meridiana. Alguien le dice: estábamos echando un sueñito.

No tomaba licor ni fumaba y tenía una dieta especial vegetariana que apenas permitía el pollo y el pescado, pues su sistema digestivo era muy frágil. El pelo completamente cano y su cara enjuta calzaban siempre unos lentes oscuros. “Soy albino, me decía, de una manera particular pues mis ojos no bailan de derecha a izquierda como los del copeyano Abdón Vivas Terán”.

Recién llegado a Carora se asentó con su familia en el popular y dicharachero barrio Torrellas. Cierta vez fue el estudiante Ricardo Díaz Rodríguez a buscarle para hacerle unas consultas relacionadas con su asignatura y no daba con su paradero. Pregunta a unas niñas, quienes le dicen no conocerlo. Ricardo les dice a las chamas: Sí, es un pelo blanco que le dicen Zanahoria. Fausto, que estaba detrás de la celosía de la ventana próxima lo oye y acto seguido espeta: Zanahoria será el c… de tu madre.

Jesús Expedito es el cuarto de mis hermanos y era estudiante destacado, por no decir brillante. Sin embargo repara una asignatura en quinto año, en un tris de graduarse liso sin reparar jamás en todo el bachillerato. Repara en septiembre “Chús” Cortés la asignatura biología, pues fue una forma de venganza de Fausto con las tremenduras cometidas por Jesús, quien le gritaba por las calles de Carora al verlo conduciendo su Opel de dos puertas: Zanahoria, Zanahoria.

Con el pasar del tiempo Fausto le coge gusto a la ciudad del Portillo y decide construir su morada entre nosotros. Escoge un lugar al lado de una de nuestras múltiples quebradas, al final de la calle Coromoto, cerquita del Parque Exposición Teodoro Herrera. Cierta vez se detiene una camioneta frente a la casa de nuestro querido profesor y se bajan dos tipos. Uno de ellos dice: vamos a botar este perro muerto aquí, pues ese viejito no ve nada, a lo que responde Fausto desde el porche de su casa: no veo nada, pero huelo, c… de sus madres, vayan a botar su perro en otra parte, bien lejos de aquí.

Su misma constitución física lo hacía coger rabias innecesarias, era parte de su carácter. El Liceo tenía o sufría de una enorme gotera cercana a la dirección del instituto. Unos ingenieros de FEDES llegaron por la tarde y fueron recibidos por Fausto investido con el cargo de subdirector, quien les muestra la enorme grieta por donde en época de lluvias se desparramaban enormes chorros de agua. Uno de los ingenieros saca su cámara fotográfica y cuando apunta la grieta de marras le dice Zanahoria: “Qué riñones tenés vos, tomando fotos, trae arena, cemento y tela metálica, asfalto, que es lo que necesita esa tronera, no que le tomes fotos…!”

Laboraba infatigable Zanahoria de día y de noche. En el Liceo nocturno atendía a personas adultas de las barriadas populares de Carora. Una vez y por insinuación nuestra, se inscribe allí La Chinqui, una muchacha que atendía el sabroso y económico Restaurant de Juan Bejuco, en Barrio Nuevo, donde almorzábamos y cenábamos un bojote de profesores. En una clase Fausto le pregunta a la joven: A ver tú, ¿por qué no podemos dormir con plantas en las habitaciones? A lo que responde de seguido La Chiquin: ¡porque podemos chocar con los porrones!”. No era mamadera de gallo, como razonó Fausto, aquella respuesta de la chica, era su ingenua y poco académica manera de pensar.

Era un hombre que amaba el conocimiento y era apasionado lector. Recuerdo que íbamos a la estación de servicio de Sabaneta a adquirir unos magníficos libros de divulgación científica en el carro del profesor de matemáticas Orlando Meléndez, tales como El gen egoísta de Richard Dawkins o también El universo debocado de Paúl Davies. Al llegar al Liceo Egidio Montesinos nos sentábamos a leer y a comentar con el viejo Maestro que era Fausto, aquellos asombrosos textos que vieron nuestros ojos admirados en la década de 1980.

Después de 35 años, seis meses y tres días de servicio en la docencia en educación media, se retira Fausto Pérez a descansar después de tanta fatiga, alegrías y malhumor. Un familiar se lo lleva para una hacienda ubicada en un agradable clima cerca de Palmarito, vía Lara-Zulia. Allí fuimos años después a visitarle en mi Toyota todo terreno en el caserío Agua Linda, pero con tan mala suerte que no dimos con la finca donde Zanahoria pasaba sus postreros años sembrando rosas y dalias y amansando unas mansas ovejas, aquel sencillo ser humano que hacía gala de su nombre por aquello del “anhelo fáustico” de Goethe. Poco después, estando yo en Barquisimeto en la Zona Educativa y en el Pedagógico, me entero con pesar que este magnífico y sin igual docente de biología, que tenía una gran sensibilidad musical y pictórica, era tributario de la Tierra.

Paz a su alma esclarecida.

Otro si:

Durante sus clases, el Prof. Fausto nos hacía poner de pie para responder sus rafagas de preguntas de biologia y nos mandaba a sentar cuando no sabiamos la respuesta. Para todos era una experiencia aterradora. Frente a toda la clase, el Prof. Fausto con sus inquisitivas preguntas ponia en evidencia nuestra ignorancia y destruia cualquier indicio de autoconfianza. La mayoria no lograba responder sus preguntas, lo que lo hacia enfurecer. Habiendo sido siempre un voraz lector de todo lo que encontraba sobre las ciencias naturales, me daba cuenta que sabía las respuestas a algunas de sus preguntas; no obstante, un temor y timidez paralizante me impedían levantar la mano. Recuerdo como si fuese ayer como mi corazón palpitaba con tal fuerza y celeridad que sentía que el corazón se me salía del pecho; me faltaba la respiracion y apenas podia articular mi respuesta. Al principio, me limitaba solo a responder cuando el Profesor Fausto llamaba mi nombre, poco a poco me di cuenta que podia responder no solo una, sino dos y hasta tres o mas de sus incesantes preguntas antes de mandarme a sentar. A partir de ese momento, ser capaz de responder tantas preguntas como fuese posible se convirtió en un símbolo de orgullo y motivo de competencia entre mis compañeros de clase. Fue gracias al Prof. Fausto como descubrí que el conocimiento es tierra fértil donde crece la semilla del coraje encuentra el sustento necesario para crecer y vencer nuestros temores y nos concede la audacia para emprender nuestro viaje de descubrimiento.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Foto cortesía del autor

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