Por: Francisco Zambrano Gómez

     Venezuela, siendo un país tradicionalmente exportador de modelos, debería promulgar una ley de modelaje nacional, no para evitar que las modelos emigren, sino para evitar que se siga tergiversando los modelos que se utilizan en nuestra iconografía. Ya resulta insólito que la escultura que representa la India de El Paraíso, en Caracas, sea en realidad una valquiria alemana, que otra india, Apacuana, la de la autopista Valle-Coche en Caracas, sea modelada por una india operada, no precisamente de la vesícula. Hay quienes sostienen que el retrato de Antonio José de  Sucre, de los primeros billetes de 10 bolívares que se distribuyeron en nuestro país, es realmente el general Lafayette, de la independencia norteamericana, y mejor no hablar del Simón Bolívar de nuestros actuales billetes, que si hubiera sido modelado en la actualidad seguramente tendría las cejas tatuadas.

Entre águilas, cóndores y zamuros también existe en Venezuela un conflicto de nunca acabar; en el estado Zulia no hay águilas, pero el equipo de beisbol profesional son Las águilas del Zulia; y el palacio de gobierno se llama el Palacio de las águilas, cuando en realidad debería llamarse Palacio de los cóndores, que son las aves que realmente están representadas en su techo; aunque Palacio de los zamuros creo que es el más idóneo, por la naturaleza de algunos de sus históricos ocupantes. Algo similar ocurre en Mérida con el famoso pico El Águila, que está coronado con un monumento de bronce representativo de un águila que en realidad es un cóndor. El sitio originalmente se llamaba Collado del Cóndor, pero los turistas (seguramente del Zulia) vieron un águila en el pedestal y comenzaron a llamarlo pico El Águila. Igualito como ocurrió con su palacio de gobierno. Del tapón de Darién para arriba el ave emblemática es el águila (representada en el escudo y bandera de México y emblema oficial de EE.UU. desde 1782, entre otros), desde el tapón de Darién para abajo el ave emblemática es el cóndor (la canción El cóndor pasa en Perú, la Operación Cóndor en el cono sur, Condorito en Chile, etc). No entiendo el afán de los zulianos en ver águilas donde hay cóndores.

En 1895 el insigne escritor merideño Tulio Febres Cordero (1860-1938) publicó la leyenda de Las cinco águilas blancas. Dicho cuento narra la increíble persecución de la india Caribay a cinco monumentales águilas blancas que sobrevolaban los picos más altos de la cordillera andina venezolana, hasta que se posaron en los cinco picos más altos petrificándose y convirtiéndose en nieves eternas. “…Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida. Las cinco águilas blancas de la tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve. Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar de las águilas; y el silbido del viento en esos días de páramo, es el remedo del canto triste y monótono del Caribay, el mito hermoso de los Andes de Venezuela…”, escribió don Tulio como epilogo de su cuento en el libro “Archivo de Historia y Variedades, tomo III”. Sin embargo, en Mérida no se han puesto de acuerdo respecto a cuáles son los picos donde se posaron las águilas blancas, ya que en principio son siete y no cinco las cumbres nevadas. Uno de los criterios más generalizado indica que las cinco cumbres son: La Corona (compuesto por Pico Humboldt y Pico Bonpland), La Concha, La Columna (compuesto por Pico Bolívar y Pico Espejo), El León y El Toro. Lo que si no hay duda en este caso es en que las aves blancas de la leyenda fueron águilas y no cóndores ni zamuros. Sin embargo…

Es un hecho histórico que nuestro admirado Tulio Febres Cordero era, además de historiador, escritor, tipógrafo, editor, periodista, profesor, litógrafo, foliografo, imagotipista,  también era amante de la cocina;  tanto que incluso escribió y publicó un recetario de cocina llamado “Cocina criolla o guía del Ama de Casa”, publicado en Mérida en 1899. Parece ser que su familia degustaba mucho sus exquisitos platos, pero omitía cumplir la inveterada norma de derecho familiar que establece que “El que cocina no lava”. Al joven Tulio le tocaba cocinar y también lavar los trastos sucios que su pasión culinaria dejaba.

La antigua casa de don Tulio Febres Cordero, en la ciudad de Mérida, quedaba cerca de la plaza Bolívar y estaba dotada de una preciosa cocina con un enorme ventanal que daba a la Sierra Nevada. Frente a esa ventana colonial había un espléndido jardín generalmente florido de rosas y otras flores, con árboles no tan altos que impidieran la contemplación de la cordillera nevada. Para el joven Tulio lavar los platos sucios no era en realidad una tortura, ya que lo hacía deleitándose con la visión de los picos andinos y con el aroma de las flores del jardín. Conocedor de los mitos y las leyendas andinas soñaba con ver volar las águilas blancas que persiguió la india Caribay hacía ya varios siglos.

Una iluminada y despejada mañana en que lavaba los platos del desayuno vio dos inmensas sombras voladoras reflejadas en la grama del patio. Emocionado creyendo que eran las águilas de Caribay salió corriendo a contemplarlas desde el jardín. Con desilusión se percató que eran dos palomas grises, con reflejos negro y azul, que sobrevolaban el patio de su casa ensuciando con sus desechos las olorosas rosas. Nadie supo por qué llegó molesto ese día al trabajo en la imprenta.

Poco a poco las sombras voladoras se empezaron a multiplicar. Varios nidos de palomas comenzaron a observarse en las ramas de los árboles y en los aleros del patio. Todas las palomas eran oscuras, ni siquiera había una blanca que se pudiera pensar que era hija bastarda de una de las águilas blancas. Las fragantes flores unicolores empezaron a tener manchas blancas que iban dejando las palomas en su incesante vuelo.

La escritora de suspenso Agatha Christie, decía que los mejores crímenes para sus novelas se le ocurrieron fregando platos. Aunque probablemente Tulio Febres no haya conocido a Agatha Christie, si es muy posible que haya pensado lo mismo, algunos años antes que la escritora inglesa, cuando lavando los platos de una cena, en una noche de neblina cerrada, se llevó un tremendo susto al ver una espantosa y enorme sombra móvil difuminada por la escasa luz de un faro de la calle, y que resultó ser una negra paloma revoloteando el discreto farol. Esa noche comenzó a tramar los peores crímenes contra las palomas:

“Ojalá se quedaran calvas de las alas para que no puedan volar; o que aterrizaran en un país con hambre para que las desplumen. Ojalá las preñe un cangrejo para que vuelen hacia atrás… Ojalá y ciertas mujeres las consideren responsables del patriarcado para que las destruyan… Dios quiera y los ejércitos en guerra crean que son palomas mensajeras del bando contrario… Ojalá el sistema de orientación se les quede sin pilas cuando vuelen muy  alto. Ojalá las palomas que venían en el arca de Noé se las hubiera comido el cocodrilo. Ojalá todo lo que coman les produzca estreñimiento… En el periódico voy a difundir que quien les lleva el chisme a las madres y abuelas no es un pajarito sino las palomas…” y decenas de ideas más que no pudo reflejar en sus escritos por no ser el crimen su género literario.

Una mañana asoleada de domingo, de la década final del siglo XIX, se encontraba don Tulio extasiado contemplando la Sierra Nevada desde un banco de la plaza Bolívar, cuando una infame paloma pasó volando y dejó una tarjeta de presentación húmeda en la solapa de su paltó. Don Tulio estalló en ira y comenzó a despotricar a viva voz en contra de las palomas. Los improperios fueron tan estentóreamente gritados que todas las palomas de la plaza se fueron volando despavoridas. Don Tulio las vio alejarse con alegría. Entre más se alejaban más fuerte fue su carcajada y mayor el espanto de las palomas. Cuanto más se alejaban las palomas más se aclaraban por el reflejo del sol en sus plumajes y el blanco de fondo de los picos nevados. Volaron tan alto que don Tulio empezó a verlas blancas. A lo lejos ya sólo se veía el resplandor de la nieve por el sol de la media mañana. Para garantizar que no volvieran don Tulio decidió petrificarlas y encerrarlas  dentro de un cuento. Muchos lo vieron extasiado largo rato viendo las cumbres nevadas.

Al regresar a su casa pasó directamente a su despacho sin mirar hacia los lados; tomó una pluma blanca de águila que encontró en su bufete y escribió: “…Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas desnudas de la cordillera, y se sentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron inmóviles, silenciosas, con las cabezas vueltas hacia el Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse nuevamente al firmamento azul…”. Y no volvieron. Las palomas de don Tulio no volvieron.

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