Heredé el gen de la pedagogía de mi madre, psicóloga de profesión pero docente por vocación, quien dedicó toda su vida a la enseñanza tanto en el área de la educación especial como a través de su trabajo como directora de un colegio de educación primaria y secundaria que ella fundó en Caracas allá en los años ‘70. El placer de enseñar lo descubrí temprano en mi vida, una vocación que fue moldeada por cada uno de los maestros que tuve a lo largo de mi formación profesional sin olvidar aquella profesora del bachillerato quien, 40 años después, sigue siendo no solo una querida amiga sino un modelo de lo que para mí debe ser un pedagogo: alguien movido por el deseo de hacer mejor al otro compartiendo con sus discípulos su amor por aquello que enseña.

Uno de los aspectos más gratificantes y enriquecedores de la pedagogía radica en esa relación que se establece entre maestro y alumno en la que el conocimiento fluye de uno al otro, en ambos sentidos, en un intercambio permanente y mutuamente enriquecedor. Que no existe una mejor manera de aprender que enseñando es una verdad por todos reconocida; como maestro de piano me encuentro día a día con el reto de encontrar solución a los numerosos problemas de índole tanto de técnica pianística como de interpretación musical, problemas y soluciones que presentan tantas variantes como individuos pasan por mi salón de clase. La relación tan personal que se establece entre el profesor de un instrumento musical y su alumno, que por virtud de su naturaleza de relación “uno a uno” y por el hecho de poder prolongarse por muchos años (algunos de mis alumnos han estado conmigo desde su niñez hasta la temprana adultez) hace que se establezca un vínculo cercano al de padre-hijo; la responsabilidad que conlleva el tener en tus manos el futuro de estos jóvenes, especialmente en el caso de aquellos que deciden optar por la música como profesión, implica un compromiso y entrega absolutos que sólo son posibles cuando existe verdadera vocación.

Cuando, como es mi caso, llevas paralelamente a la actividad pedagógica una carrera activa como músico concertista, ambas actividades se enriquecen mutuamente en un proceso continuo de aprendizaje en el que a un mismo tiempo te haces mejor maestro y mejor artista. Mi vida de estudiante terminó oficialmente allá por los años ’80  pero en mi rol de maestro he sido a la vez alumno de mis propios estudiantes de quienes aprendo cada día algo nuevo.

Haber podido moldear el destino de tantos jóvenes, abrirle una puerta de esperanza a tantos niños pobres en recursos económicos pero ricos en talento es la mayor recompensa que podría recibir y lo que me sostiene día a día en esta tarea a pesar de las circunstancias tan adversas en las que actualmente trabajamos todos en Venezuela.

Para mí no hay duda: la educación es la clave de nuestro futuro.

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Carlos Urbaneja Silva  egresó con honores de la Guildhall School of Music de Londres (1986) donde fueron sus profesores Joan Havill y Adrian Thorne, entre otros. Comenzó sus estudios de Piano en Caracas su ciudad natal con Harriet Serr bajo cuya guía inició su actividad concertística. En el 2007 obtiene un Fellowship (Maestría) del Trinity College of Music (Londres).

 

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