Por TOMÁS GONZÁLEZ PATIÑO

Pedro Esteban es un hombre de espíritu conservador que desde hace tiempo se adentra en terrenos de la tercera edad. Es amante de sus libros, especialmente de aquellos que le acompañaron durante su ya lejana época de estudiante. Los pocos que de esa etapa de la vida aún conserva, seguramente se sienten arrinconados y abrumados por la avalancha de los nuevos que encierran conocimientos modernos. No obstante, a pesar de ser testigos callados y saberse desplazados por ideas más modernas, se atreven a mostrar, pero con cierto recato, los secretos de antaño, muchos de los cuales hasta ahora permanecen vigentes.

Varias veces a Pedro Esteban se le oyó lamentar el no haber guardado muchos otros viejos libros compañeros de andanzas escolares. Dice que por su ignorante atrevimiento y por su desagradecimiento, los desechó después de haber tenido de ellos, su ayuda en la victoria de innumerables exámenes. Por eso hoy, algunos de esos libros posiblemente llegaron a otras manos, esperando que otros ojos se posen en sus páginas para verter en ellos las enseñanzas que celosamente han guardado durante tantos años. Otros quizás corrieron con peor suerte y cerraron sus páginas para siempre.

Fueron testigos de tantos y tantos momentos ya perdidos en el tiempo, pero que dejaron plasmada en él la huella de las alegrías y las angustias propias de los estudiantes. Estuvieron junto a él en momentos comprometidos de exámenes, en largas noches de vigilia cuando trataba de extraer de ellos, los conocimientos que sin ninguna mezquindad brindaban y todavía brindan.

Contaba Pedro Esteban que en su primera experiencia escolar, su maestra mujer austera y respetable, le enseñó a leer corrido, aún siendo él un niño de unos cinco años. Decía que aquella venerable educadora, a quien recuerda con cariño y agradecimiento, lo colocaba de pie a su lado y lo hacía leer, la lección una y otra vez, hasta que lo hiciera correctamente. Recordó que la lectura del primer libro que tuvo entre sus manos, decía “la yuca es un arbusto originario de América”

Esta frase la repitió muchas veces hasta que la maestra lo consideró suficiente. Ese texto quedó grabado para siempre en su mente.

Frecuentemente conversaba con un joven amigo quien era alejado en edad pero próximo en amistad, entre quienes existía un gran respeto y una alta estima, a pesar de no coincidir en muchos aspectos de la vida. Ese amigo era un hombre que, quizás en parte por su juventud, era superficial, parecía volar sobre cogollos y no profundizar sobre algunos de los temas conversados. No hacía gala de sensibilidad y por ello no apreciaba aquellos objetos compañeros de su vida de estudiante. En eso era pues, la antítesis de Pedro Esteban.

En uno de esos coloquios entre ellos mantenido, abordaron el tema de los libros. Pedro Esteban hablaba de su amor por aquellos mudos compañeros, custodios de recuerdos inolvidables de momentos que pasaron en su época de estudiante y que nunca más volverán. Es fácil ver en Pedro Esteban el cambio de expresión, cuando se refiere a sus viejos libros. Mentalmente se transporta hacia sus tiempos escolares. Por momentos parece ausentarse de la realidad, en su rostro se dibuja la expresión de quien está viviendo otro momento. Eugenio, que así es el nombre del joven amigo, como siempre lo oye con todo respeto, pero discrepa de la idea sostenida por su amigo, de conservar destartalados libros, pues dice que generalmente los avances de la humanidad dejan de lado conocimientos que otrora fueron ciertos, pero que ya hoy no lo son. Esos libros pueden encerrar algunas verdades que aún se mantienen, pero también contienen las ya desechadas, razón por la cual muchas veces es difícil distinguir unas de otras.

Eugenio quizás por su corta edad o por su insensibilidad, no entendía lo de los recuerdos asociados a las viejas páginas y por eso a ello no le daba ninguna importancia. Por su juventud, era un hombre que iniciaba los caminos de la vida. Nadaba aguas adentro con el ímpetu propio de su edad en busca de las aventuras que presenta la vida. En su nadar hacia esas aguas procelosas, muchas veces se cruzaba con su amigo que venía de regreso, quizás ya cansado y con fuerzas disminuidas. Pedro Esteban buscaba las tranquilas aguas de la orilla desde donde podía apreciar la playa a la que en algún momento arribaría para, como vieja y veterana embarcación de muchos mares, encallaría y quedaría inmóvil para siempre.

Eran pues, dos mentalidades diferentes que se toparon, por una parte la experiencia de la vida y por la otra, la fuerza juvenil arrolladora.

Una vez Pedro Esteban en el curso de una conversación con su amigo, narró una experiencia tenida con el primer libro que leyó, cuando apenas en su escuela se iniciaba. Contó que muchos años después, un día cuando desarrollaba su vida cotidiana, por esas casualidades que ocurren en la vida, encontró sobre un cúmulo de escombros, un ejemplar de aquel libro. Estaba destartalado, sucio y medio roto, pero pensó que en él seguramente debía leerse la misma lección de sus incipientes y alejados tiempos escolares. Recordó aquellos momentos cuando con tremulante y expresión casi llorosa, repitió infinidad de veces ante su maestra, la lectura de aquella expresión hasta perfeccionar su pronunciación.

Decía Pedro Esteban, continuando con la narración, que una vez tenido en sus manos el maltrecho y destartalado ejemplar, se dirigió rápidamente en busca de la inolvidable página que en los lejanos tiempos de su primera escuela, tanto le costó leer. La encontró y a pesar del deterioro, pudo leerla tal cual la recordaba. Por un momento aquel hallazgo, lo transportó a los primeros bancos escolares. Tomó aquel libro entre sus manos y hoy como un tesoro, lo guarda entre sus libros y ocupa un lugar privilegiado en los estantes de su biblioteca.

Eugenio después de oírlo y manifestar su alegría por tal acontecimiento, continuó expresando su parecer en cuanto a la conservación de libros que en épocas de estudiante mostraron conocimientos. Hoy, según él, esas viejas ideas han sido mejoradas y en algunos casos hasta desechadas. Decía que podía ser hasta peligroso seguir el contenido de esos anticuados volúmenes. Para Pedro Esteban sin embargo, eran vehículos que lo transportaban a inolvidables tiempos, cosa que los modernos textos no lograban. Dijo que además ellos expresan algunas verdades inmutables, como por ejemplo aquella leída en su primera escuela, la cual a pesar de todos los avances de la ciencia, todavía se mantiene, la yuca continúa siendo originaria de América.

 Abril 2021

Tomás Gonzalez Patiño es un prestigioso ingeniero venezolano que ha dedicado muchos años de su vida a prestar servicios profesionales a distintas industrias y organizaciones de ese país, y quién tiene la fabulosa habilidad de combinar los números con la escritura, deleitándonos con ingeniosos cuentos y ahora poesía. El publicó el Libro “El seminarista que Colgó los Hábitos” y más recientemente "El Alfarero Solitario"

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